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jueves, 10 de junio de 2021

La difícil tarea de asumir

No es fácil, nadie dijo que lo fuera. El paso del tiempo es el enemigo de la vida pero también puede ser el aliado perfecto del disfrute de la misma. Crecer y envejecer,  madurar y ayudar o comprender y enseñar. Hace más de tres años que mi vida volvió a cambiar. Llegó otro rol, otra responsabilidad. Hasta entonces, era hijo, hermano, amigo y marido. Ahora le añado la más bonita de todas: ser padre. 

Cuando eres hijo intentas aprender todo lo posible de tus padres. Te dejas guiar por ellos y aprendes todo aquello que con cariño te enseñan. Son nuestros referentes, nuestros ángeles. Les debes todo a ellos. Cuando eres hermano comienza a nacer en ti el sentido de la protección. Ya existe una persona que te requiere y que se fijará en ti hagas lo que hagas. Sabes que ya no estarás solo, que podrás compartir vivencias y situaciones únicas. Podrás educar y aprender a su lado.  Llegan los amigos y es entonces cuando comienzas a valorar la palabra amistad y todo lo que a ella le rodea. La sinceridad, diversión, confianza y solidaridad son algunas de las características que unen a los amigos. Por suerte, puedo seguir contando con ellos. Vas creciendo y madurando (o eso crees) y es entonces, de repente,  cuando comienza otra etapa. Conoces a la persona que te acompañará a tu lado, que te aporta equilibrio, que te protege con sus abrazos, que te valora, que te escucha, que te auxilia, que te tranquiliza y, lo más importante de todo, que te quiere. Un “si quiero” lleno de alegría y una constante sonrisa que llego para ser eterna. Llega la época en la que el sendero de tu vida comienza a hacerse más ancho. Ya no viajas solo.

Y, en medio de esta última, llega la más difícil de todas: ser padre. La más apasionante e incierta a la vez que bonita y sacrificada. Es sin duda la más motivadora de todas. La que amanece con un beso y una sonrisa y la que a veces desespera a lo largo de la noche. Pero da igual. Toda sonrisa devuelta sin motivo lo cura todo. La responsabilidad de ser padre me apasiona, no lo voy a negar. Es combinar la protección y el cuidado con la disciplina y educación. Amo ser padre de dos preciosas criaturas que me alegran la vida. Por muy inclinado que este el día ahí están ellos para enderezarlos. Por muy cansado que esté ahí están ellos para doblegar el cansancio. Pero repito, da igual. Es su inocencia, su dulzura, sus conversaciones y su lógica la que te motiva cada mañana.

Pero también es la etapa más difícil de asumir y por ello hay que disfrutarla cada segundo. El tiempo  pasa y a veces, por nuestras reacciones, convicciones o actitudes, no nos damos cuenta de ello. A veces prestamos más atención a otras situaciones de la vida. Nos importan más otros aspectos secundarios y centramos  nuestras energías en factores que no recompensan. A cada una, démosle el tiempo necesario y en su justa medida. A nuestros hijos, toda la atención y tiempo que necesiten.

Cuack!




jueves, 28 de mayo de 2020

Superhéroe sin bandera


Otro días más. A tan sólo unos metros, la distancia que puede medir veinte pasos para ser más exactos, ya se escucha. ¡Mamá! ¡Papá! Ya está ahí. Nuestro superhéroe se despertó ¿Qué misión tendrá encomendada hoy? ¿Con que nueva historia nos alegrará el día?

Un nuevo día transcurre. Ya van más de setenta y otro día más está encerrado en su fortaleza, prisión de juguetes o castillo encantado. Llámalo como quieras pero para él, ahora, es el mejor lugar donde tener que ejecutar las difíciles misiones encargadas. Es el lugar que le protege del enemigo. Nuestro único enemigo.

En todos estos días, este superhéroe ha tenido que llevar a cabo, con resignación y sin protestar, varias misiones, como por ejemplo dejar de ver a sus seres queridos. Ha tenido que abordar el cometido de renunciar  varias horas del día a divertirse y aprender al lado de sus amigos. También se le encomendó la difícil tarea de aplazar las visitas de los abuelos. De todas, sin duda, la más complicada de llevar a cabo. Durante muchos días solo veía paredes mientras esperaba la hora mágica para abrir la ventana, salir a aplaudir y sonreír (su gran superpoder). En esa hora parecía que estábamos unidos y él llego a pensar que no se encontraba solo para luchar contra el único enemigo. A lo largo de todo el confinamiento ha cumplido otra misión, no ha pisado la calle pero ahora que ya puede salir ha tenido que recortar la distancia y el tiempo de sus paseos. Sin embargo, aun sigue viendo contrariado como las terrazas se llenan mientras el columpio y el tobogán siguen precintados. Armado con su mascarilla y sin discutir vuelve a la fortaleza. El superhéroe tiene que descansar.  

En todo este tiempo, lo miraba una y otra vez con lástima, orgulloso,  contrariado y sin respuestas. Algo desconocido ahí fuera lo convirtió en superhéroe. No solo ejecutó las misiones anteriormente citadas sino que, a la vez, fue capaz de alegrarnos, divertirnos y mantenernos ocupado en este tiempo tan extraño. Cuando sea mayor le explicaré porque es un superhéroe.

Sin embargo ahora los mismos que aplaudían,  armados con cacerolas y cucharas, se unen al enemigo. Sus capas son banderas y su traición es incierta, al menos hasta dentro de unos días. Están equivocados en el momento y cometen una irresponsabilidad que esperemos no tenga daños colaterales. No soy científico pero a la vista de lo que ha pasado y remitiéndome a los datos, el virus afecta por igual a todos. Esos que se hacen llamar políticos pero sin hacer política animan a la irresponsabilidad que llevada desde la tribuna del orador se puede convertir en el segundo capítulo de esta lucha. El virus, el enemigo verdadero, también afecta a los ignorantes que no cumplen la normativa y que por su ineptitud puede perjudicar al que la cumple. No quiero que mi superhéroe vuelva a estar encerrado y tenga que resignarse por tu irresponsabilidad. Él combate sin hacerte daño. 

Piensen en nuestros pequeños superhéroes  y no bajen la guardia. Guarden la bandera que ya habrá momento de sacarla. La economía se puede reponer, con mayor o menor premura, como así se ha demostrado a lo largo de la historia. Las muertes no.


Cuack



viernes, 9 de noviembre de 2018

Nunca caminarás solo


Nacemos y comenzamos nuestro camino por la vida. Aunque en ocasiones parezca corto o largo, nunca será lo suficiente para dejar de recordar los buenos momentos vividos y los malos tragos pasados, o las risas espontaneas y los llantos mal intencionados. En este intenso recorrido encontrarás compañeros de viaje que serán bienvenidos y eternamente recordados, y otros que mejor no haber conocido pero que, aunque no lo creas o lo notes, influyen en tu personalidad y te hacen cambiar tu forma de actuar. Hace justo un año que en mi vida se unió un compañero de viaje muy especial. Un hijo que ayudaré a caminar y al que guiaremos por la mejor senda posible.

Ya se cumplió un año de aquel día en el que tu madre y yo llorábamos de felicidad al verte. Hace un año que llegaste a nuestras vidas para hacernos feliz. Sin duda, el mejor día se escribió un 9 de noviembre cuando tu bendito llanto paralizo el tiempo. A lo largo de este maravilloso año nos has ayudado a madurar, hemos aprendido de ti y hemos conocido tus necesidades con tan solo mirarte. Las risas en el parque, la diversión al bañarte, la paciencia en la trona, la complicidad en la lactancia, la necesidad del abrazo, los llantos con tus dientes, las prisas gateando, los bailes al son de tu piano, la alegría en tu rostro cuando llego del trabajo, los paseos por tu barrio, las siestas en la playa, la tranquilidad del chupete, la felicidad cuando juegas o el descanso cuando duermes son algunas de las miles de situaciones vividas en este tiempo y que jamás olvidaremos.

Pasado todo este tiempo, ya comienzas a caminar y aunque te seguimos agarrando en algún momento te tendrás que soltar pero tranquilo, no tengas miedo a soltarte que aquí estaremos para ayudarte. Mirarás hacia atrás y allí estaremos, tocarás el suelo y te levantaremos. El camino no es fácil y lo llano u obstaculizado que esté no depende de ti. Podrás derribar barreras y aprenderás de los errores pero en este camino, recuerda, que no estás solo.

Hoy quiero darte las gracias por regalarnos este año tan especial.  Gracias por tener la habilidad de cambiar los estados de ánimos con tan solo una mirada, gracias por hacerme el padre más afortunado, gracias por sonreír como lo haces, gracias por formar junto a mama la mejor de las estampas que guardar, gracias por tu inocencia y tu frescura, gracias por tus besos, gracias por llamarme papa sin cansarte,  gracias por soñar despierto, gracias por llegar a nuestras vidas y gracias por acompañarme en mi camino.

Cuack!




martes, 14 de noviembre de 2017

Querido Alberto

Bendito llanto que sonó y nos hizo llorar. Benditas horas de espera para verte llegar al mundo y bendita sonrisa que no se consigue borrar.

Todo comenzó con una prueba que afirmaba lo que tanto esperábamos: tu llegada. Han sido nueve meses de ilusiones, decisiones, alegrías y malestar. Sobre todo para ella, tu mama. Te ha sentido día tras día, ha sufrido por ti y ha luchado como la que más. He estado a su lado para acompañarla en el maravilloso mundo del embarazo pero el premio es para ella. Un día te contaré porque se convirtió en mi heroína particular y verás, cada día, porque es toda una campeona. Veros juntos es el mejor regalo para mí y el mayor premio a tanto esfuerzo.

El día que nos confirmaron el embarazo las lágrimas dibujaban una sonrisa eterna. Cada vez que te veíamos en una revisión deseábamos que llegase otra para volver a verte. No se me olvidará aquella que hasta parecía que nos saludabas como diciendo: aquí estoy. Tampoco se me olvidará la primera vez que puse la mano en la barriga y te sentí dar patadas. Tu madre te sentía cada día pero para mí ese momento se me quedo grabado. Fue nuestro primer contacto en el que nuevamente lloré. Durante todo este tiempo, cada mañana ponía mi mano sobre la barriga de mama y parecías sentirme de tal forma que me dabas los buenos días a tu manera. Con un pie, una mano o con cualquier parte de tu cuerpo todos los días me saludabas.  Te he hablado muchas veces sin saber si me escuchabas o no pero desde antes de que naciera ya te estaba aconsejando. Si supieras la de veces que hemos llorado sin haberte visto entenderás el porqué te escribo estas palabras. Empezaste como un proyecto y ya eres una realidad.

A partir de ahora, que ya estas entre nosotros, me alegraré y lloraré. Te veré y te besaré. Te cogeré en brazos y volveré a llorar. Te daré de comer y te cambiaré. Te arroparé, te dormirás y te veré mientras duermes. Te despertarás e iré. Llorarás y no sabré que quieres pero aun así te consolaré.  Te miraré, me embelesarás y te querré.

Comenzarás a andar y te guiaré. Te caerás y te ayudaré. Harás travesuras y te reñiré. Te divertirás y me reiré. Disfrutarás de la vida y te acompañaré. Empezarás a hablar y te escucharé. Me preguntarás y te responderé. Jugarás y jugaré contigo. Te harás daño y te curaré. Dormirás y descansaré. Abrazarás a mama y os contemplaré.  Pasearás e irás de mi mano. Pedirás y, si puedo y debo, te daré. Te enfadarás y se te pasará. Me sonreirás y te querré.

Aprenderás y te ayudaré. Me pedirás consejos y te los daré. Te caerás y, desde un punto más lejos que la caída anterior, te ayudaré a levantarte hasta el día que ya sabrás levantarte solo.

Todo esto que te escribo lo hago mientras te miro. Pronto te llevaré a la Tacita, tu otra casa, y en mis brazos te  enseñaré  la Caleta, pasearemos por los rincones de la ciudad y escucharemos juntos carnaval. Es curioso pero con el papel empapado de lágrimas te escribo mis primeras palabras y con la mayor ilusión jamás escrita espero hacerlo bien para conseguir ser aquel carpintero cuya historia lo mantiene en silencio. Quiero cuidarte, educarte y enseñarte pero sobretodo quiero amarte.


Cuack!



lunes, 7 de marzo de 2016

Inocentes culpables

Por fin.  ¡Ya salí del hospital! Vuelvo a casa y en el camino, aunque solo tengo 5 años y pueda parecer que no tengo memoria, no recordaba esta vista. El camino es diferente, es posible que  mi padre me quiera enseñar otro camino, otro recorrido, pero lo cierto es que este no me gusta. No voy contando lo pasos pero si el tiempo y este camino parece más largo, más triste y solitario que el que tomé cuando iba al hospital. Mi brazo ya está curado y solo quiero llegar a casa, abrazar a mi madre, volver a jugar con la pelota de goma que me trajo mi hermano y descansar en mi fría cama.

En la calle hay mucho ruido ¿Qué pasará? La gente corre de un lado a otro como si tuviera prisa y entre tanto, en una habitación de mi casa, mis padres discuten, lloran y se abrazan. No había visto nunca este rostro de tristeza en mi padre, un alegre mecánico que se ganaba la vida arreglando más cosas además de coches y al que un día la vida le presentó un problema que con sus básicas herramientas no podía solucionar. Ahora estoy con él, en su habitación, mientras prepara una gran mochila con ropa, comida y, aunque yo no lo consigo ver, él dice que también esta guardando esperanza. Intenta explicármelo pero no consigo entenderlo. Se tiene que ir. Un largo viaje le espera a Europa y pronto espera vernos. Mientras, mi madre, mi hermano y yo nos quedaremos aquí esperando noticias. Ha sido un día duro así que es hora de ir a la cama. Mi madre, que aún no tiene sueño, me acompaña en mi lecho e intenta que cierre los ojos mientras me cuenta un cuento sin libro. Su titubeante voz me dice que algo, pronto o tarde, bueno o malo, pasará. La historia de un humilde niño que triunfa en la vida, a pesar de los obstáculos que en su vida aparecen, es el tema central del cuento. Ella insiste en que me duerma pero la historia es tan bonita que quiero saber el final. Mi madre, entre lágrimas, me dice que por ahora no sabe como concluirá pero me propone que sea el protagonista del cuento para que en el futuro sea capaz de darle un final.

A la mañana siguiente, en la puerta de casa y bajo un cielo lleno de humo, nos despedimos de mi padre. Seguía sin entender porque se tenía que ir pero él solo nos decía, una y otra vez y con la cabeza bien alta, que aunque donde se dirigía no iba a ser bien recibido él tenía que intentarlo. Por nosotros y porque lo que ocurre aquí no nos lo merecemos. Si todo sale bien habrá merecido la pena comenzar esta aventura. Se acerco a mi hermano y le puso la mano en su hombro. Le encomendó la difícil tarea de cuidarnos. Hasta por dos veces le repitió: tu madre y tu hermano te necesitan y sé que puedo confiar en ti. Seguidamente, un largo abrazo, un mar de lágrimas y una incertidumbre eterna se apoderó del momento. 

Entre en casa y seguí jugando con mi pelota de goma mientras mi madre, con una foto entre sus manos en la que aparecíamos los cuatro miembros de la familia y con la mirada fija en ella, estaba sentada en una silla de la habitación. En varias ocasiones, cuando me miraba, le lanzaba una sonrisa que ella me devolvía. La noche iba entrando, nos reunimos los tres para comer pero en cada plato solo había silencio. El reflejo del sol, cuando se esconde al caer la noche, se veía desde la ventana hasta que un sonoro estruendo hizo que desapareciera. No fue solo uno sino varios. Uno tras otro y el pánico apoderándose en el ambiente. Se escuchaban gritos en las calles, mis vecinos corriendo y mi curiosidad me llevo a salir a la puerta de casa en una de las pocas veces en que mi madre se despisto de mí. Ahora, me arrepiento de haberme asomado.


Desperté en una cama distinta a la mía y con mi madre en la cama de al lado. La llamaba pero ella no abría los ojos. Además, no conseguía ver a mi hermano por allí cerca. Lloré desconsoladamente, sin parar, y estaba muy asustado. Sin saber muy bien cómo y, sin recordar lo ocurrido hace pocas horas, volvía a estar en el hospital que hace pocos días dejé. Escuchaba a lo lejos a un hombre que decía: ¿Qué habrá hecho ese niño de 5 años para merecer esto? ¿Qué culpa tendrá él de los errores de los mayores? ¿Cuáles han sido sus pecados para ahora estar rodeado de gasas? Sabía que se refería a mí pero no tenía respuestas a ninguna de esas preguntas. Lo único que sabía es que si quería darle final al cuento que una noche mi madre me contó lo iba a tener más difícil de lo que aquella noche me podría imaginar. Por ahora, solo sé que al cuento lo titularé: inocentes culpables.